A casi nada de cerrar el año 2025, Chile pasa un momento decisivo, un punto de inflexión político que va mas allá de una segunda vuelta electoral. La contienda entre Jeannette Jara, candidata del partido comunista, y José Antonio Kast, referente de la ultraderecha, es la expresión más visible sobre la tensión mas profunda: un país que aun no define con certeza cual es el rumbo que quiere tomar ni como darle un equilibrio a sus temores con sus aspiraciones.
Kast ha construido su candidatura sobre un mensaje directo en torno a la seguridad, un control migratorio y el orden general. Se ha dirigido a un electorado cansado de la delincuencia y preocupado por la inmigración irregular. Su propuesta de “orden” conecta con ese malestar, pero también simplifica problemas complejos y abre la puerta a mayores complejos junto a una mayor polarización social, especialmente cuando reduce la conversación a culpables fáciles.
Por otro lado, Jara plantea una agenda de mayor inclusión social, énfasis en el bienestar y políticas de control de armas. Su trayectoria la respalda en la defensa de derechos laborales y redistribución, aunque su programa despierta dudas en un contexto económico delicado. Un Estado mas activo genera esperanzas, pero también inquietudes sobre sostenibilidad fiscal, especialmente en medio de tensiones por el presupuesto 2026, criticas de la oposición y señales de un mercado laboral debilitado.
Estas discusiones no ocurren en el vacío. Las prioridades ciudadanas han experimentado un giro notorio: temas como seguridad y estabilidad económica se han vuelto centrales, desplazando otras demandas que hace pocos años dominaban la agenda publica. Esta reorientación revela un sentimiento compartido: las reformas sociales no pueden imponerse si no van acompañadas de certezas básicas.

En este enfrentamiento entre dos modelos completamente opuestos, existe una verdad incomoda: ambos recogen inquietudes del pueblo, pero ninguno puede imponerse ignorando a la mitad del país que desconfía de su proyecto. Chile no solo debe seguir un gobierno, debe reencontrarse consigo mismo.
El verdadero desafío es volver a lo básico: unir la búsqueda de más justicia social con la necesidad de seguridad, y equilibrar el crecimiento económico con un uso responsable de los recursos. Quien resulte electo deberá gobernar un país dividido, y la gente tendrá que entender que la democracia se construye conversando, no enfrentándose. Chile esta en un momento clave, y como manejemos nuestros temores y deseos definirá si avanzamos juntos o si terminamos más separados que antes.

Bien.