Últimamente, el mundo se siente como ese grupo de WhatsApp que no para de explotar con peleas, audios largos y drama tanto, que uno termina silenciándolo. Entre guerras, tensiones políticas, crisis migratorias y escándalos internacionales, pareciera que vivir en alerta se volvió normal. Y eso es justamente lo que debería preocuparnos.
Cuando empezó la guerra en Ucrania, todos hablaban del tema. Noticias, TikTok. Hoy, después de años, muchos ya ni saben en qué va. Y en Gaza pasa algo parecido, cada tanto vemos imágenes fuertes, nos impactamos un día y al siguiente seguimos con nuestra vida, mientras allá la gente sigue viviendo el horror.
Se vuelve tan constante que nuestro cerebro lo toma como “otra noticia más”. Pero ojo, acostumbrarse a esto es súper peligroso. El conflicto pasa a ser parte del paisaje, como si la guerra fuera un clima más: “hoy, 27 grados y tres bombardeos”.

Y no debería ser así. Aunque el mundo esté lleno de cosas que resolver y aunque estemos cansados la empatía no se puede apagar como si fuera una notificación. Tenemos que seguir preguntando, informándonos y exigiendo que quienes tienen poder hagan algo. No para ser expertos en política internacional, sino porque lo que pasa afuera también nos afecta economía, migración, derechos humanos, todo está conectado.
No podemos cambiar el mundo solos, claramente. Pero sí podemos evitar caer en la indiferencia. Porque el día en que normalicemos la violencia global como si fuera parte de la rutina ese día perdemos todos.

Muy bien.