El escenario idealizado que enferma: el lado oscuro del ballet

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Esta disciplina presume la formación de artistas que realiza, pero a menudo lo que realmente moldea son cuerpos asustados y disciplinados mediante el miedo. La idea de estar “delgada hasta los huesos” se impone en niñas y adolescentes que aún están creciendo, convirtiendo su formación en un proceso de dolor.

En las compañías se habla de técnica, pureza, líneas y estilo, rara vez se reconoce que detrás de ese discurso hay moldes corporales irreales. Una joven con muslos grandes, caderas anchas o un torso considerado “incorrecto” tiene las puertas del escenario cerradas, incluso antes de tocar la barra.

El ballet ha normalizado la vigilancia extrema del cuerpo al punto de celebrar prácticas abiertamente dañinas: bailar con hambre, tragar algodón para no subir de peso, aceptar comentarios humillantes, ignorar lesiones porque “la disciplina no duele”. Bajo el nombre de “tradición” el medio justifica lo que cualquier observador con sentido común llamaría por su nombre: violencia psicológica.

Las consecuencias están a la vista: trastornos alimentarios, menstruaciones que desaparecen por años, huesos frágiles, lesiones crónicas, ansiedad, depresión, etc. Hay bailarinas de diecisiete años moviéndose como veteranas agotadas y aún así los guardianes del ballet siguen hablando de estética, exigencia y mantener el nivel.

¿Hasta cuándo se sostendrá este sistema? ¿Cuántas niñas deben romperse para que los maestros admitan que premiar la extrema delgadez no es valorar el arte, sino avalar la autodestrucción?

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