Cada vez hacemos más cosas en el celular. Lo que comenzó como una herramienta para comunicarnos por voz, evolucionó hasta convertirse en un dispositivo multifuncional que llevamos a todas partes. Según un estudio realizado por Electronics Hub el 2023, Chile es el sexto país con mayor promedio de horas frente a pantallas y, dedicamos aproximadamente, 3 horas y 28 minutos diarios solo a redes sociales.
Con estas cifras, es natural cuestionar si este nivel de uso es algo bueno o malo, especial en cuanto a las infancias y la tan comentada “disminución de la capacidad de concentración”. Es cierto que el constante estímulo afecta nuestros cerebros y la producción de dopamina, pero ¿es realmente tan dañino el celular? ¿Deberíamos restringir su uso a un límite rígido y estandarizado? No necesariamente.
Tareas, reuniones, conversaciones importantes, noticias. Todo está ocurriendo en el internet al mismo tiempo, y aquello que podemos usar constantemente para acceder a eso, es nuestro celular. Es posible vivir sin uno, para algunos más que para otros (por motivos laborales o personales), pero su nivel de practicidad es difícil de ignorar: podemos pagar con él, usar el código QR del transporte público, estudiar, trabajar y mantener nuestras relaciones personales con las que, de otra manera, podríamos comunicarnos con mucha menor frecuencia. Tenerlo a mano no es un capricho, sino una necesidad moderna.
Por lo mismo, la respuesta a la pregunta planteada es, como casi todo en la vida: depende. Porque como toda herramienta, el uso que le damos es aquello que realmente lo convierte en una distracción o en un buscador de información, en un dispositivo para comunicarnos rápidamente, para conocer y aprender nuevas cosas. En el futuro solo estará más presente, quizá es momento de generar buenos hábitos en torno a las pantallas en lugar de rehuirlas.

Perfecto.