En Meiggs, la inseguridad dejó de ser un rumor hace rato. A plena luz del día, los robos por sorpresa se mezclan con el desorden del comercio informal y las motos sin patente que recorren el barrio como si fueran dueñas de la calle. Los comerciantes trabajan con la vista fija en la puerta y una mano cerca de la caja, por si acaso.

“Uno ya no sabe quién es cliente y quién está mirando para robar”, dice el dueño de un local de artículos escolares. A las seis cierra sí o sí, aunque pierda ventas, quedarse más tarde es “jugar a la suerte”.
Cuando cae la noche, Meiggs se vacía rápido. Los peatones caminan apurados, las tiendas bajan sus cortinas y el barrio queda en manos de quienes nadie controla. Las patrullas pasan, pero su efecto es mínimo: cuando se van, todo vuelve a lo mismo.
En Meiggs, la gente no pide milagros. Solo quiere trabajar sin miedo. Pero por ahora, la calle sigue siendo territorio incierto, donde la seguridad se siente lejos y la autoridad aún más.

Bien. En el límite de la brevedad, pero bien.