Familias en transformación: cómo los cambios sociales están reescribiendo la intimidad en Chile

Sociales / Familia

Entrevistada: Dra. Marcela Rivas, socióloga, investigadora en dinámicas familiares y desigualdad en Chile.

Entrevistador: Benjamín Bustamante.

— Dra. Rivas, cuando hablamos de cambios sociales en Chile, solemos pensar en política o economía. ¿Por qué es importante mirar también el impacto en la familia?

Porque la familia, aunque a veces suene cliché, es el primer lugar donde se sienten los golpes y los avances sociales. Cuando hay crisis económica, la familia se ajusta. Cuando hay movimientos feministas, la familia negocia nuevos roles. Cuando cambian las leyes o las expectativas culturales, se reconfiguran vínculos y responsabilidades. La familia es una especie de “termómetro íntimo” de los procesos históricos.

— ¿Diría que la familia chilena de hoy es más diversa que hace 30 años?

Sin duda. En los 90 predominaba el imaginario de la familia nuclear heterosexual, con roles de género muy marcados. Hoy esa imagen ya no refleja la realidad. Tenemos familias monoparentales, familias homoparentales, hogares extendidos, parejas sin hijos, familias ensambladas, personas que crían con amigos, y redes de apoyo que no pasan necesariamente por la consanguinidad. Lo más relevante es que esa diversidad ya no es una excepción, sino parte del paisaje social.

— Algunas personas ven esta diversidad como una “crisis” de la familia. ¿Qué opina?

Yo lo veo al revés: es una adaptación. Las sociedades vivas cambian. Los problemas aparecen cuando el Estado, el mercado o la cultura no logran acompañar ese cambio. La crisis no está en la diversidad, sino en las estructuras que siguen pensadas para un modelo de familia que ya no existe.

— Hablando de estructuras: ¿cómo afecta la desigualdad a la vida familiar?

Afecta en todo. En las familias con más ingresos, el tiempo y el cuidado pueden delegarse: guarderías, apoyo doméstico, flexibilidad laboral. En sectores vulnerables, la familia debe multiplicarse para sobrevivir: trabajar más horas, turnarse el cuidado, sacrificar tiempo personal. La desigualdad no solo es económica, también emocional: condiciona la paciencia, la disponibilidad, la energía que tiene un adulto para acompañar a un niño. Y eso marca diferencias profundas.

— ¿Cómo influyen estos factores en los roles de género dentro de la familia?

Las mujeres siguen cargando con el peso del cuidado, aunque haya avances. El discurso ha cambiado, pero la práctica va más lenta. Muchas mujeres trabajan fuera del hogar, pero además llevan la “carga mental”: recordar vacunas, coordinar horarios, organizar tareas, contener emocionalmente. Para que la corresponsabilidad exista de verdad, necesitamos políticas que incentiven y normalicen la participación masculina en el cuidado, no solo en el discurso, sino en la práctica laboral y social.

— ¿Ha cambiado la forma en que madres y padres se relacionan con sus hijos?

Muchísimo. Hoy hablamos más de salud mental, crianza respetuosa y comunicación emocional. Las generaciones jóvenes están tratando de romper la cadena del autoritarismo. Sin embargo, esto implica más trabajo emocional y más tiempo. Y lamentablemente, la estructura laboral chilena no siempre permite que ese tiempo exista. Entonces se generan culpas, tensiones y agotamiento.

— En su investigación habla de “redes afectivas emergentes”. ¿A qué se refiere?

A que la familia ya no es el único núcleo emocional. Muchas personas construyen afectos en comunidades: amistades, espacios barriales, colectivos, grupos culturales. Estos espacios funcionan como soporte emocional, especialmente cuando la familia de origen es conflictiva o insuficiente. No reemplazan a la familia, pero sí amplían la idea de dónde se encuentra el cuidado.

— ¿Cree que las nuevas tecnologías han cambiado la dinámica familiar?

Absolutamente. Las tecnologías permiten estar conectados, incluso cuando la rutina separa físicamente. Pero también traen distracciones, conflictos por límites, sobreexposición y ansiedad. La tecnología no destruye la familia, pero exige nuevos acuerdos: privacidad, tiempos de pantalla, comunicación digital vs. presencial. La clave está en generar hábitos, no en demonizarla.

— Uno de los grandes debates actuales es la conciliación entre trabajo y vida familiar. ¿Qué soluciones ve posibles?

Políticas de corresponsabilidad real: licencias parentales equitativas, jornadas flexibles, derecho a desconexión efectivo, apoyo estatal al cuidado, sistemas de sala cuna universal. Son medidas que países desarrollados ya aplican. La conciliación no puede seguir recayendo en el sacrificio individual; debe ser una política pública.

— Si tuviera que describir el estado actual de la familia chilena en una frase, ¿cuál sería?

Diría: “La familia chilena está en transición: más consciente, más diversa y más cansada, pero también más abierta a construir vínculos afectivos sanos.”

—Para terminar: ¿qué desafíos ve para el futuro?

Tres, muy claros:

  1. Reconocer legalmente todas las formas de familia, sin jerarquías.
  2. Garantizar condiciones de vida dignas, para que las familias no críen desde el agotamiento constante.
  3. Avanzar hacia una cultura del cuidado, donde cuidar no sea un castigo para unos y un privilegio para otros.

El futuro de la familia chilena depende menos del modelo y más de la capacidad del país para sostener sus transformaciones.

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