En exclusiva con Pedro Aguirre Cerda

Política

Nos encontramos con el ex presidente de Chile y representante del Partido Radical que marcó una época y una generación entera con su célebre frase “Gobernar es educar”. En el marco de la evolución o involución de la educación en Chile y el cómo se ha manejado apunta nuestra primera pregunta: ¿Qué le parece que los colegios ya no sean fiscales y ahora estén a cargo las municipalidades y además se haya hecho negocio con la educación?

– Hijo, si algo aprendí en mi vida pública es que la educación es el cimiento de la República. Cuando dije “Gobernar es educar”, no era una frase para adornar discursos: era la convicción profunda de que un país solo progresa cuando todos sus hijos (ricos o pobres) tienen acceso a una enseñanza pública, gratuita y digna, sostenida por el Estado y no por intereses particulares.

Ver que las escuelas fiscales han sido entregadas a administraciones diversas, sin la conducción directa del Estado, y peor aún, que en algunos casos la educación se haya transformado en un negocio, me entristece profundamente. La escuela no debe ser mercado; debe ser igualadora de oportunidades.

La educación pertenece a la nación, no a grupos que vean en ella una fuente de lucro. Cuando el afán económico se interpone entre el niño y el maestro, se rompe el espíritu republicano que defendimos con tanto empeño. Si me permite decirlo con franqueza: una República fuerte necesita escuelas públicas fuertes; todo lo demás es renunciar a nuestro futuro.

Actualmente, ¿por qué cree usted que el Partido Radical fue perdiendo tanto protagonismo?

– Mire usted… Los partidos, como las naciones, viven ciclos. El Partido Radical fue, en su momento, la fuerza que encarnó la idea del Estado docente, del progreso social, de la modernización y del equilibrio democrático. Representábamos a la clase media emergente, a los maestros, a los empleados públicos, a los jóvenes que querían un Chile más justo y más culto.

¿Qué ocurrió entonces?
– A mi entender —y lo digo con el respeto que merece la historia— el partido perdió su rumbo cuando dejó de ser intérprete de esas aspiraciones. Un partido que nace para impulsar reformas profundas no puede conformarse con la mera administración ni con alianzas que diluyan su identidad.

Cuando una colectividad deja de representar un proyecto claro, cuando ya no encarna los anhelos de su tiempo, la ciudadanía busca otros caminos. Y así, poco a poco, el Radicalismo se fue alejando de la centralidad que tuvo en la República. Pero le diré algo que pienso con convicción: Los partidos que nacen del ideal republicano, del progreso social y de la fe en la educación como motor de la patria, nunca mueren del todo. Pueden dormirse, pueden extraviarse, pero la historia siempre ofrece segundas oportunidades para quienes recuperan su propósito.

¿Qué medidas tomaría para que nuevamente surja un poder político de centro que sea capaz de negociar con la izquierda y la derecha, sin inclinar la balanza?

– Para que en Chile renazca una fuerza política de centro —serena, equilibrada y constructora de acuerdos— no basta con proclamar moderación: hay que encarnar un proyecto claro, ético y profundamente republicano. Le diré, desde mi experiencia, cuáles serían las medidas fundamentales:

1. Recuperar un ideario, no solo un espacio electoral.
Un centro político no puede ser únicamente “el punto medio” entre extremos. Debe tener convicciones propias: defensa de la educación pública, del progreso social, de la responsabilidad fiscal, del desarrollo científico y del respeto irrestricto a la democracia.
Un proyecto sin alma no convoca.

2. Formar cuadros, no solo candidatos.
Cuando goberné, impulsé escuelas, liceos, normales y universidades porque creía que la política se hace con ciudadanos ilustrados. Un centro fuerte necesita dirigentes preparados: economistas, maestros, trabajadores, profesionales, gente con una vocación pública sincera.
La improvisación es enemiga de la República.

3. Reinstalar la cultura del diálogo.
El centro debe ser puente y no muro. Negociar no es claudicar: es comprender, ceder cuando corresponde, exigir cuando es justo. Para ello se requiere disciplina, serenidad y una visión de país por sobre el interés partidario.
La política chilena ha olvidado que el acuerdo es una virtud republicana, no una falta.

4. Combatir el clientelismo y el lucro en la vida pública.
Ningún centro moralmente respetado puede surgir si está capturado por intereses económicos o redes de favores. Debe ser recto, transparente y austero, como lo exigía la vieja tradición cívica de Chile.

5. Representar las aspiraciones de la clase media y trabajadora.
El centro nació —en mi época y en otras— de quienes buscan progreso con estabilidad, justicia con orden, libertad con responsabilidad. Si un movimiento vuelve a hablarle con claridad a esa mayoría silenciosa, recuperará su fuerza natural.

6. Proponer un proyecto de país modernizador.
Chile necesita una visión de largo plazo: educación de calidad, industrialización moderna, ciencia, tecnología, protección social digna. Un centro vigoroso debe ofrecer una hoja de ruta concreta, no solo buenos modales.

Le diré, finalmente, una convicción íntima:
El centro político florece cuando sirve a la patria, no cuando busca equilibrar la balanza por conveniencia.
Debe ser un poder moral y racional, no un comodín entre izquierdas y derechas.

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