Mientras las pantallas globales se llenan de otros dramas, una tragedia de dimensiones históricas se desarrolla en el corazón de África. Lejos de tratarse de un conflicto por recursos naturales o de rivalidades étnicas ancestrales, nos enfrentamos a una campaña orquestada de aniquilación contra poblaciones cristianas. Esta maquinaria de terror, impulsada por milicias yihadistas, opera con frecuencia bajo la mirada indiferente o coludida de gobiernos regionales.
Las cifras documentadas estremecen, aunque solo reflejan una parte de la catástrofe. En Nigeria, distintos informes señalan que decenas de miles de fieles han perdido la vida desde 2009, y miles de templos han sido reducidos a escombros. Pero la estadística resulta fría ante el panorama desolador: en regiones enteras de Nigeria, Burkina Faso, Níger y Mali, la huella cristiana se está extinguiendo. La metodología es brutal y sistemática: ejecuciones sumarias en plazas públicas, secuestro de mujeres y niñas para sometimiento y conversión forzada, y reclutamiento forzoso de niños. El objetivo parece claro: erradicar una fe con siglos de arraigo en el territorio.

La reacción de la comunidad internacional navega en aguas de una hipocresía difícil de digerir. Foros multilaterales y cancillerías evitan con cuidado términos como “genocidio” o “limpieza religiosa”, optando por fórmulas diluidas como “violencia intercomunitaria” o “crisis climática y social”. Este lenguaje, políticamente correcto, desdibuja la naturaleza confesional del conflicto y responde, con frecuencia, a cálculos geopolíticos y al temor de señalar al extremismo islámico.
La complicidad tiene también raíces locales. En países como Nigeria, la pasividad inexplicable de las fuerzas armadas ante ataques anunciados, la lentitud en las respuestas y la impunidad que disfrutan los verdugos pintan un cuadro de abandono institucional. Para muchas comunidades, el Estado no es un protector, sino un espectador lejano. La retórica oficial de “guerra contra el terror” se resquebraja cuando las víctimas, de manera abrumadora, profesan una sola fe.
Este silencio global no es inocente; es, en los hechos, una forma de complicidad. Al negarse a nombrar la realidad con precisión, se le resta prioridad en la agenda mundial, se obstaculiza la movilización de recursos concretos y se transmite un mensaje tácito de impunidad a los perpetradores. La defensa de la libertad religiosa, un derecho humano fundamental, ha sido relegada a un segundo plano, convertida en moneda de cambio geopolítico.
La historia de este martirio contemporáneo no se escribe solo con la sangre derramada en las aldeas sahelianas. Se escribe también con la tinta invisible de los informes archivados, las resoluciones incumplidas y la distracción voluntaria del mundo. Mientras tanto, bajo el sol implacable del Sahel, comunidades resisten no solo al terror, sino al olvido al que han sido condenadas.

Bien.